Skip to main content

Estrategias para la diligencia

Hace algunos años me topé con Jordan Peterson y conocí a través de su trabajo la teoría de la personalidad en cinco rasgos («Big 5», como lo llaman en Norteamérica). Esta teoría permite clasificar la personalidad de alguien en función de cinco aspectos: Apertura a la experiencia (Openness to experience), Responsabilidad o «concienzudez» (Conscientiousness), Extroversión (Extraversion), Afabilidad (Agreeableness) y Neuroticismo (Neuroticism). Con las iniciales en inglés tenemos OCEAN, un buen acrónimo para recordarlo.

Pues bien, acabé decidiéndome por hacer el test de personalidad que desarrolló Peterson con su equipo. Los resultados no me sorprendieron en absoluto: «concienzudez» en el percentil 0, por encima de la media en extraversión y apertura a la experiencia (en concreto el subapartado relacionado con las ideas), afabilidad en la media y neuroticismo un poco por encima1.

El caso es que a pesar de los resultados, seguí con mi vida un poco más o menos igual, y sobre todo la falta de concienzudez me ha pasado factura en más de una ocasión. Buscando respecto de como mejorar, el propio Peterson da un consejo bastante flojo: «Make a schedule and stick to it!», es decir, haz un horario y cúmplelo. Yo estaría encantado de hacerlo… ¡si no fuese porque tengo un percentil 0 en concienzudez! Resultado: seguí renqueando con mis quehaceres.

Bien, y ¿a qué este cuento?

Ahora bien, eso no quiere decir que las cosas se queden así. Inspirado por dos fuentes me propuse tratar de mejorar esta situación. La primera de ellas es mi bajo nivel de concienzudez (por eso la intro). La segunda es Gregorio Luri y su libro La escuela no es un parque de atracciones2. En él relaciona los mejores resultados de países asiáticos en tests educativos con la perspectiva desde la que enfocan estos países la educación: como una cuestión moral. Mientras que en Occidente planteamos la educación como un derecho que tenemos a adquirir ciertos conocimientos y habilidades3, en Oriente se lo toman como una cuestión de autoperfeccionamiento, y en esa medida están más dispuestos a «comer amargo»4.

Siendo como soy un profesor novato, aspirante a enseñar filosofía, lo cierto es que me va tocar motivar a un montón de personas a que coman amargo… y a mí quitado del café y la cerveza, la amargura no me va demasiado. Así que, con la intención de sobreponerme a una limitación propia y de tener herramientas para emplear en clase, me decidí a buscar de nuevo cómo mejorar con la «concienzudez». Y esta vez, los resultados fueron mucho más satisfactorios.

En una búsqueda no muy larga encontré un par de fuentes que luego me remitieron a otras un poco más técnicas. Las podéis encontrar aquí y aquí (en inglés). En ellas se habla por encima de varias maneras en las que se puede mejorar este rasgo, pero voy a hablar de las dos que encontré expuestas en artículos científicos y que no requieren diligencia para el tratamiento. Este último aspecto es importante, porque una manera de cambiar la personalidad es cambiar los comportamientos, y un tratamiento para ello depende de que el sujeto apunte varias veces a lo largo del día una serie de cosas, algo que una persona con baja diligencia tiene muchas papeletas para abandonar a la mínima. Pasemos entonces a los dos «métodos»

Ordenar los valores

Una propuesta de intervención para personas con baja concienzudez parte de un enfoque «bottom-up», de abajo a arriba, y trata de cambiar la personalidad cambiando el comportamiento. Pero como ya he dicho, esto puede ser difícil para una persona con este rasgo de personalidad. Para hacerlo, se parte de la «expectancy-value theory», o teoría expectativa-valor, que pone en primer plano el papel de las expectativas y los valores en el comportamiento de las personas. Así pues, se trata de modificar los comportamientos de acuerdo a los valores.

Este marco teórico considera tres elementos:

  1. Componente valor
  2. Componente contenido
  3. Componente eficacia o expectativa

El valor sería lo que normalmente entendemos por valores: es decir, aquello a lo que damos una importancia mayor. Por ejemplo, hay quien valora las habilidades sociales por encima de los conocimientos técnicos, o quien prefiere los horarios a la organización libre.

El contenido serían las creencias respecto a la propia identidad, y como la manera en que ocupamos nuestro tiempo y nos relacionamos con otros y el entorno cuadran, o no, con dicha identidad.

Por último, la expectativa son las creencias respecto a las posiblidades que tenemos de llevar a cabo una determinada tarea. Por ejemplo, si yo quiero montar una empresa de desarrollo de software para el año que viene mi expectativa será más bien baja, y por tanto la dificultad para llevar a cabo tareas que me acerquen a esa meta será alta.

Pues bien, se ha encontrado que la motivación intrínseca, asociada al componente valor, es un rasgo característico de las personas altamente concienzudas. Así, este enfoque pretende usar la motivación para cambiar la personalidad, y en este caso concreto, la concienzudez.

Para hacerlo, hay primero que «monitorear» el comportamiento actual. Esto se hace dentro del «behavioral activation», o activación del comportamiento. Esto puede suponer un problema, aunque es cierto que con los dispositivos digitales puede resultar más fácil superar las dificultades (una alarma y una app de notas quitan gran parte de la carga cognitiva). El objetivo de esto es identificar los comportamientos o momentos del día que llevan a un estado anímico más bajo, en los cuales sería más difícil realizar esfuerzos.

Una vez hecho esto, se pasa a una segunda fase en la que se identifican algunos valores, se plantean comportamientos diarios acordes con ellos, y se traza un plan para implementar dichos comportamientos, por ejemplo creando una jerarquía basada en la dificultad percibida (componente 3 de EVT) y planeando en qué momentos del día se realizarían.

El poder de una ilusión

Una segunda propuesta trata de partir de las fantasías positivas. Estas no son más que fantasías, imaginaciones que elaboramos cuando identificamos alguna necesidad. Por ejemplo, si tenemos hambre y nos imaginamos comiendo un plato que nos gusta, o echamos de menos a alguien querido y nos imaginamos abrazándolo. Pero también cuando nos imaginamos exitosos en alguna empresa (como superar un examen difícil).

Hay un problema principal con las fantasías positivas, y es que son contraproducentes. Al experimentar el placer que deseamos en el momento presente (en lugar de en el futuro), y además sin ninguna constricción de ningún tipo (al final es una fantasía), actuamos como si de verdad hubiésemos alcanzado la meta. Así, en lugar de motivarnos a conseguir lo que queremos, las fantasías positivas nos hacen relajarnos.

La solución que proponen es añadir a la fantasía una dosis de realidad. El modelo resultante se llama «mental contrasting» o «contraste mental». No tiene mucho misterio: se trata de incluir en la fantasía los posibles obstáculos que podrían salir al paso. Esto lleva a la motivación para actuar, pero solo si las posibilidades de éxito son altas, y tiene por tanto una consecuencia que se seguiría como un corolario: nos ayuda a desistir de empresas inabarcables.

Esto para un adulto (sobre todo si tiene una alta apertura a la experiencia, como un servidor) puede estar bien, pero no siempre podemos desistir de los objetivos planteados (por ejemplo, un examen difícil). En este caso hemos de proveernos de expectativas altas, y la mejor manera es a través del feedback positivo.

En este artículo se propone complementar el contraste mental con «implementation intentions», intenciones de implementación. Estas serían un plan de acción al uso: determinar el objetivo (y querer alcanzarlo), especificar las situaciones posibles y especificar el comportamiento relevante en esas situaciones. Este método ha sido usado exitosamente como estrategia metacognitiva, llevando a una mayor autonomía del alumnado, pero también en ámbitos tan diversos como la salud o las relaciones interpersonales.

En resumen

Las dos propuestas se parecen razonablemente, pero me gusta mucho más la segunda porque requiere una cantidad de diligencia inicial considerablemente menor. No obstante, podemos ver que ambas se basan en la generación de una expectativa y el trazado de un plan para llevar a cabo esa expectativa.

En esta medida, las ventajas de la segunda propuesta son muy claras: tiene a su base la valoración de diversas posibilidades en la forma de fantasías, de tal manera que resulta más natural introducir esas valoraciones. Sin embargo, tampoco es una ventaja muy grande, y cualquiera de las dos posibilidades puede ser muy efectiva.

Mi intención es poner en práctica alguna de las dos, o tal vez las dos, durante este verano. Probablemente empezaré con la segunda, porque como he dicho me parece más fácil de implementar al principio (además, en el artículo añaden un «método» de intenciones de implementación llamado WOOP), y en un mes o mes y medio de haberlo puesto en práctica, pasaré al segundo.

Me tomo este experimento sobre mí mismo también como la exploración de una herramienta que puedo utilizar como profesor, o como tutor de adolescentes. Al fin y al cabo las técnicas de estudio y demás herramientas que se les suele dar desde los departamentos de orientación son muchas veces insuficientes, y conocer estos métodos me da la posibilidad de ayudar un poco más a mis futuros alumnos.


  1. Antes de asustarte por estos resultados asegurate de ver qué significa cada aspecto… ↩︎

  2. Post sobre el mismo en el horno. ↩︎

  3. No seré yo el que niegue el derecho a la educación, ojo. ↩︎

  4. Luri, Gregorio. Op. cit., p. 263 ↩︎